25 de diciembre de 2014

Pregón Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp 2006 (1º parte)



Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp
Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp



A mis padres, que me dieron el don de la vida y el don de la fe.
A mis once hermanos, pilares insustituibles en mi vocación.
A mis amigos, que han compartido la historia de mi vida humana, sacerdotal y cofrade.
A las Comunidades parroquiales que he servido: San Isidro Labrador de Sevilla, Santa María Magdalena de Arahal y Santa María de la Asunción de Alcalá del Río.

...Y al Papa santo y magno, que tocó mi corazón para seguir a Cristo, aquél verano de 1993.

Fue en Sevilla. Sí, fue en Sevilla donde revestido el profeta en los inicios de su vocación, me dio la Buena Noticia de un nuevo ministerio, de un renovado destino, de una estrenada misión.

Y me dijo Dios:

“Antes de formarte en el vientre del Barrio de San Lorenzo, te escogí. Antes de ser el décimo que salías del seno materno, te consagré, y te nombré sacerdote, sevillano, proclamador del alma de una Semana Mayor a la que lanzar con tu palabra el mensaje de la Esperanza.

Y Sevilla, como Dios al profeta Jeremías, me confirmó con el crisma hispalense, y me enseñó que hasta el más pequeño capirote blanco lleva dentro el pregón de esta Jerusalén que camina penitente.

Cuando el Resucitado con sus manos extendidas abra la puerta del convento de la Santa zapatera esposada con la Cruz, ya vencida con la Virgen de la Aurora y entre pálpitos pascuales de novicias, sentiré tocar mis labios, como ahora los siento tocados por su Gracia.

Voy a hablar a una Sevilla de la que he aprendido más de sus silencios que de sus clamores.

Sabe más por lo que calla y representa el Nazareno sin mover los labios, que por el fragor de la turbamulta.

Alguien, que sólo perdió la fuerza en la voz, preparó el terreno a este pregón.

Subido cual nazareno blanco de la Amargura, en dos ventanas distintas, me abrió al viento de la Esperanza, para que yo cantara y contara a Sevilla, lo que entre cielo y tierra movió.

En un balcón privilegiado de Sevilla, me encontré una mañana con mi vida predispuesta por él para el Señor, y en su ventana de la ciudad eterna le descubrí en el anochecer de su vida como un Cachorro expirante con cara entrecortada, que sin voz hablaba.

Mostró a los jóvenes una gran Cruz, pero un Viernes Santo nos la pidió prestada para abrazado al madero, como un penitente del Silencio, señalar al cofrade, el verdadero camino, la verdad y la vida.

A Él debo mi vocación, y rezaba ante su tumba en Roma el mismo día en que por la tarde, celebrando la Eucaristía, me anunciaban la Buena Nueva del pregón.

Con él vengo de la mano, porque la Divina Providencia de Dios ha querido que precisamente hoy, Domingo de Pasión, haga un año que subió a las barandas del cielo y ahora sea yo el que ocupe esta prolongación abalconada de la Giralda y saque su Cruz de Guía.                    

Vino, se fue y regresó
como viene, va y regresa
al balcón de la promesa
lo que el Amor prometió.
Y cuando en Sevilla habló
fue el mensaje tan fecundo
que abrió para la fe un mundo
con la temprana semilla
que al cofrade de Sevilla
le dio Juan Pablo II.

Eminentísimo y Reverendísimo Señor Cardenal Arzobispo
Excelentísimo Señor Alcalde
Ilustrísimo Señor Presidente y Junta Superior del Consejo General de Hermandades y Cofradías
Excelentísimas e Ilustrísimas Autoridades
Cofrades de Sevilla.

Vengo como un peregrino, que conoce la ciudad en sus esquinas, callejones, plazas y enredaderas, acompañado de los hermanos a los que en el ministerio sacerdotal sirvo todos los días.

Viene este cura de pueblo, como vienen en unas vísperas del 15 de agosto en cascadas desde el Aljarafe o las estribaciones de la Sierra de Cazalla, penitentes y nazarenos descubiertos, a aguardar con esperanza ante la Puerta de los Palos, para ver desde la fuente la primera luz en el rostro de la Reina y Madre de los Reyes.

He venido por el camino que sale de la Torre mudéjar de Alcalá del Río, hasta esta almohade Torre del Oro, navegando en una barca, que discípulos pescadores, como antaño a Cristo, me han procurado. 

Voy a hacer la primera parada en este Teatro, desde el que Sevilla me invita a rubricar con mi palabra vuestra papeleta de sitio, para luego encaminarnos por el Arenal con el recuerdo del santo súbito y magno arrodillado ante la Pura y Limpia del Postigo que vigila desde el Cielo Don Juan Castro. 

Venid conmigo a la puerta de San Miguel a recorrer con la memoria el porqué yo y por qué este sitio. Entremos en la Catedral donde como árboles recios, en los pilares de la fe de este pueblo cristiano, aparece ante nuestros ojos una convocatoria de cultos que custodian los hermanos de la Santa Caridad en su mesa de limosnas. 

La Semana Mayor convoca a Sevilla en una hermosa y solemne ceremonia que anuncia la grandeza de la ciudad con la culminación del “podéis ir en paz” que es sacar una Cruz de Guía a la calle. Gracias, Ilustrísimo Señor Teniente de Alcalde, por sus palabras, que expresan desde lo hondo del corazón y el alma lo que el pregonero siente al ponerse delante de este paso como usted, buen capataz en Estepa, ha hecho tantas veces. 

Al ocupar este púlpito, os pido, Eminencia, vuestra Bendición, para que, limpio de corazón y labios me sienta fortalecido y me identifique con la Sangre derramada del Crucificado de San Benito, en esta hora de anunciaciones pasionistas. Y como la disciplina y la modestia no me quitan la satisfacción de la unicidad de ser el que mi Prelado impuso las manos para el sacerdocio in aeternum, al igual que entonces solicité vuestra venia, ahora os digo: “Padre, dame tu Bendición”.   

Los paramentos que nos acompañan en Semana Santa, como el devenir de nuestras vidas cofradieras, son distintivo de la nobleza de espíritu del que de ellos se reviste:
El ropón del pertiguero que como martillo de llamador despierta los ciriales al cielo para un nuevo paseo de la Madre de Dios de la Palma como una seda por la Alcaicería.

De librea, lacayo del que da la cara, como santo varón en la Trinidad, la Mortaja, la Quinta Angustia y Santa Marta; o en el Calvario de la ya antigua Varflora en la Carretería.

De dalmática labrada, con el brocado impregnado de cera, como Lágrimas de los ojos de Santa Lucía en la Señora de Santa Catalina.

Túnicas talares, que van desde el blanco que envuelve a mi Princesa de la Paz entre encajes plateados por la Torre Sur de la Plaza de España, hasta los ruanes negros en el luto del Amor que da la vida por los amigos.

Ser de nuevo seise -como lo fue el pregonero-, que en los candelabros de cola de la Virgen de las Aguas, sacase a Dios a bailar entre uvas, trigos y mariposas, para posar en su custodia, sombrero, zapatillas, palillos y coplas, con Eslava y el Maestro Torres, entretejiendo cruces palmadas en un escenario de armonías eucarísticas e inmaculistas.

Y un máximo ornamento, la alpargata y el costal, de hombres que como apóstoles navegan bajo los misterios, y también niños bajo el manto de la Caridad baratillera, ganándose el Cielo, con el sudor de su frente.

Con el sudor de la frente
ya te estás ganando el cielo
y con el cielo el trascielo
de la Gracia penitente.
La trabajadera es puente
que abraza la canastilla.
Aprieta al costal la quilla
de tu barco, costalero,
que hay peces en el estero
del corazón de Sevilla.

Los títulos de nuestras Hermandades son profundas grutas históricas en las que bucea el reconocimiento civil y eclesiástico a cada una de ellas. La ciudad, que le presta suelo y cielo, los asume con naturalidad, puesto que es ella, simplemente con su nombre, ¡Sevilla!, la que los congrega a todos. 

Por eso no necesita de bula para ser Pontificia, porque esta bendita Catedral de María fue por dos veces pisada por el sucesor de Pedro y Gran Poder en la Tierra.

La ciudad es Real, porque el Rey Santo la elevó a la categoría de majestad poniendo a la Madre de Dios de Alcázar y fortaleza de Fe por la que los reyes reinan.

Sevilla que hace de sus plazas sagrario y se autotitula Sacramental en el monumento del Jueves Santo, donde doblan sus rodillas como magos adoradores del Niño, que en el pesebre de Laureano de Pina es viático en la Estación de Penitencia.

Qué bien sabe ser Antigua, perdida en vestigios de lejanas culturas y de aquella que coronada en el muro, el único palio que alberga, es el túmulo del conquistador que llevó la Fe mariana a América.

Una ciudad cubierta de Ángeles, hasta de razas nuevas, acogidos en Sevilla por la que en los Negritos abre fronteras y de título Angelical, también por ella, que labrada en estameña se alzó a los cielos que van desde la pila del Barrio del Salitre, hasta el Vaticano del campo de la Feria.

Sevilla es Isidoriana, cuna de santos, de arzobispos y de alfareras, de rosales siempre florecidos en el patio de Mañara, de Spínolas mendigos y limosnas que al cielo alcanzan con Don Manuel González en su Sagrario. Con Fernando y Laureano, Hermenegildo y Geroncio de Itálica, con el Padre Tarín, Teresa Enríquez, Dolores Márquez y la Hija de la Giralda, hasta donde el alma de nombres desfallece con Madre María de la Purísima, digna heredera de la que en Sevilla es santa entre las santas.

Sevilla Alegre, que en revuelo de campanas da la vuelta a la pena y hasta en la hora del Calvario más amarga, hace dulzura en Vera-Cruz a la colmada de Tristezas y capa pluvial de fiesta a la Virgen universitaria.

Por eso está Orgullosa de sí misma, título que bien la enmarca, aunque algunos acusen a los sevillanos de umbilicales complacencias.

También se convierte en Torera repartiéndose en capillas vesperales de retablos barrocos de papel, con columnas salomónicas trenzadas por el miedo. Es la que recuerdan los paladines de Tauro, como Manolo González y Gitanillo de Triana, que animados por la Piedad maestrante, entregan a sus Vírgenes manchados de sangre, los bordados del que se juega la vida, distribuidos luego en las sayas de la Madre del Hijo que se la jugó por nosotros.

Una Hebrea sevillana
por el Baratillo viene
y a su vástago sostiene
tan divina como humana.
Piedad ya suena a campana
de tañido celestial.
Lo distinto se hace igual
mientras te sueña Sevilla
con el arco por Capilla
del Barrio del Arenal.

En mi doble condición de sacerdote y pregonero, o simplemente como un joven que todos los días pregona el Evangelio, quisiera pregonar la Semana Santa de todos. Del que cree y del que duda, del indiferente y del incrédulo, del hipócrita y del justo, del pescador llamado al apostolado y del que luego revende la mercancía o se come el pescado. 

Hoy, en nuestras Hermandades y Cofradías, no faltan los nietos de Don Guido, aquel humanísimo personaje de la guiñolandia de Antonio Machado, esos que como su abuelo -gran pagano en su juventud y gran rezador en su vejez- se hacen hermanos de una “santa cofradía”: ¡Aquel trueno! vestido de nazareno. Parece que no se nota, pero en nuestras Hermandades, vestidos de lo que se vistan, no faltan participantes inmaduros, vanidosos, acaramelados, frívolos o sordos a lo que representa la estación de penitencia. Pero también son hermanos nuestros porque así los admitimos, todos aquellos que integrando la nómina de su hermandad, se comportan con el distanciamiento de algunos socios de entidades recreativas o culturales, que satisfacen su ego y su cuota mensual sin otra participación que la de formar un día al año en su cuerpo institucional.

Un gran poeta sevillano del siglo de oro, el Capitán Andrés Fernández de Andrada, recomienda en su Epístola Moral que se iguale con la vida el pensamiento. Yo le recomendaría al cofrade sevillano, recordando al clásico inolvidable: “iguala con la vida el pensamiento” y así se pregunte con aquella voz senequista e hispalense de perenne e intransferible moralidad:

¿Es, por ventura, menos poderosa
que el vicio la virtud? ¿Es menos fuerte?
No la arguyas de flaca y temerosa.

La ciudad que corona y seguirá coronando sus múltiples advocaciones marianas, asoma también laureada en la Torre más alta por el proverbio sapiencial que pisa Santa Juana con su lábaro.

Ella, como buena novelera y sevillana, es más de vivir las vísperas que las grandes fiestas y así se lleva todo el año con la palma del Domingo de Ramos en la mano, para ponerla en el balcón de la ciudad que vigila. La Giganta hace de la pasión un villancico pascual con ese peculiar calendario litúrgico que el sevillano vive a su manera. El Domingo de Ramos es Navidad y Resurrección en una sola pieza y Sevilla, por medio de la que fundió Morell, lo entona todo de golpe.

La gran Semana se inicia. El Nazareno se hace carne en el hombre sin techo, que lo tiene bajo el cielo de la escalinata del Salvador, con la simple compañía de palomas ávidas de alimento, cristales rotos, cartones y perros que hasta él vienen como a Lázaro a lamer sus llagas.

Niños de alma pura y blanca alfombran los aledaños para recibir con aclamaciones y palmas al Señor de la Sagrada Entrada que después, por no andarse por las ramas, llevarían a crucificar.

Los infantes iniciados en los tramos y las filas descubren al Mesías agradeciendo su pueril estación de penitencia en las Hermandades que le dan sitio; con sus palmas rizadas, sus varas y cirios, de monaguillos o con túnica nazarena.

Nadie, ha visto premiado como ellos su brillante esfuerzo con la entrada asegurada en el Reino de los Cielos, como “brillante es el Amor de Dios en cada niño, incluso en los que aún no han nacido", que decía el Papa.

Lo dicen por San Vicente
con más de Siete Palabras
En el Porvenir lo acogen
con la Victoria anunciada.
Lo claman en Desamparo
del Cerro a Miguel Mañara
y vienen con un Longinos
converso ante la Lanzada.
Que razón tenía la Sed,
para en Nervión pedir agua  
y en San Juan de Dios saciar      
la sequedad de gargantas,
del enfermo, del que sufre
del anciano que está en guardia
esperando en el asilo
la paloma de Triana.
Niños que suben al cielo,
Hiniesta que los reclama;
los que a sangre morirán
la alcaldesa les da casa
y en la inocencia más pura
sus vidas son despreciadas;
los que ansían la niñez
que en San Roque tiene casa,
en la mocita más joven,
en la niña de Esperanza
en desvelos por el Hijo,
que la llenó de su Gracia,
con el agua de los Caños
en las Madejas del alma;
entrar con cirio a la gloria
en cánticos y alabanzas
y ver a la Trinidad
desde el cielo coronada.

En la noche en que el Cordero pascual se inmola sellaremos con Cristo la Nueva Alianza. El Señor de la Sagrada Cena ansiaba celebrar con los suyos la despedida de este mundo advirtiendo a sus discípulos: “Ardientemente he deseado celebrar esta Pascua con vosotros”. Anda triste la Virgen del Subterráneo disponiendo el mantel en la mesa del Domingo de Ramos. El llanto se derrama en el camino de Doña María Coronel que lleva la Rosa de los Terceros a la calle Orfila para pedirle a la Virgen de Regla el pan de la espiga de sus manos. La que unida a maestros alarifes pone horno de Amor, como monja Agustina de la Plaza del Triunfo, va a cocer el pan que cada Lunes Santo llevará hecho Eucaristía desde su capilla hasta la parroquia de San Andrés, para dar la Comunión a los hermanos de Santa Marta, antes de hacer su estación penitencial.

El pregonero ha disfrutado de ese momento íntimo de la Hermandad. Cada nazareno levanta su antifaz para que la última palabra que baste para sanarle de sus faltas sea el amén al recibir el Cuerpo de Cristo.

Uno querría ver la Cofradía de rodillas, para acordarse de que nuestro primer titular, el de todas las Hermandades y Cofradías, sean o no sacramentales, está en el Sagrario, tantas veces abandonado. Si Felipe II afirmaba que “allá donde haya un Sagrario, habrá un español para defenderlo” no estaría de más que hoy, cual solemne protestación de fe y renovando nuestras almas de Eucaristía, proclamara con nosotros “Allá donde haya un Sagrario, habrá un cofrade sevillano para defenderlo”. Si por amor se quiso quedar entre nosotros en el Sagrario, en loor de Caridad viene una procesión del Corpus camino de la Campana.

Se ilumina Santa Marta
a su Huésped recibiendo,
y allá en Betania comprendo
el dolor de cuando Él parta.
Deja la casa y se aparta,
y ya la Madre después
la rosa pondrá a sus pies
tras la Cruz y su martirio,
que pone color al Lirio  
el Lunes por San Andrés.

Quien os habla vio la luz en una calle donde los amores encendidos del cofrade pasan de ida y de vuelta derramando su cera. La calle que da nombre al Dios encarnado en Gran Poder, se abruma y es la más transitada por el pregonero con sus incondicionales amigos, programa en mano, recordando en ella su incipiente infancia.

Allí espero a la Palma en la vía que tuvo su nombre con atributos del martirio, y que marcada por llagas franciscanas, se hará oración elevada al Padre que ofrece un Buen Fin para nosotros, como regaló a Juan Foronda en su nacimiento al Cielo, contemplando en sillería de honor, a su Virgen coronada.

Con la Soledad, la Vigilia preparo entrando en San Lorenzo cuando la corona de espinas suelta de sus tiernas manos y Rocamador traspasa el muro para entregar el sobre de la caridad que vuelve a recoger Spínola en el centenario de su tránsito, para repartirlo entre los pobres de su barrio.

A la dulzura rosada del Dulce Nombre recibo en mi propia casa, inigualable belleza que alivia las heridas en la mejilla que recibe su Hijo despreciado ante Anás.

Bajo sus maniguetas una jaculatoria “Dulce Nombre de María, sed la salvación mía”. Y al pregonero, que agarrarse quisiera a ellas, le brota un canto de alabanza a la Doncella de sus sueños, a la Madre más insigne, a la feliz Puerta del cielo, siempre en impaciente espera, a la joven más valiente y a la mujer más perfecta.

Sé que puede tu Dulzura
curar el dolor del hombre,
porque eres la criatura
que en el corazón perdura
con solo decir tu Nombre.

Sí, es la Hija de Joaquín y Ana a la que pusieron el Nombre más sublime y en todo el orbe cristiano, la boca se hace almíbar cuando pronuncian su Nombre.

Llevas la gracia en tu manto, 
y eres el puerto que salva,
plácido aroma en el alba,
suspiro del Martes Santo.
Tu gozo se hace quebranto
en el lento atardecer
y te siento florecer
en la Madrugada herida
dulcificando la vida
con tu Nombre de mujer.

Nací frente a ellos y ya me acompañarán siempre. Los hijos de San Ignacio me ofrecieron la Compañía de Jesús el Nazareno para conocerlo en lo más íntimo, para más amarlo y más seguirlo.

Los congregantes marianos que pusieron vida y Alma a los Javieres, repartían la Gracia y el Amparo para los jóvenes, que cincuenta años después, en Omnium Sanctorum tienen casa y techo.

Pienso que mi nacimiento sacerdotal brotó entre ellos. En cuántas Misas de Domingo y a cada una de estas imágenes, la mujer de mi vida, mi madre, con el hijo formándose en su seno, imploraría que fuera sacerdote.

En aquél mismo templo, en el mismo confesonario, veinte años después, de vuelta de tantas cosas, un sacerdote cual Cristo roto en la pasión de su enfermedad, hizo que se cumpliera ésta escritura que acabáis de oír.

Tu voz la escuchó el Señor, querida madre. En esa sede penitencial, preparación de mis posteriores estaciones de penitencia, tu hijo, el crío que jugando celebró tantas misas en casa, sería sacerdote de Jesucristo.

Tú me revestiste con la casulla en mi ordenación, como desde niño preparaste mis túnicas para la estación de penitencia. Ahora soy sacerdote nazareno, y mis túnicas blancas, negras, verdes y moradas son los hábitos sagrados a los que nunca renunciaré y de los que nunca me avergonzaré.

Me anteceden y preceden en mi Hermandad, en mis Hermandades, hermanos que en el seno de ellas, descubrieron su vocación. Hombres y mujeres que con sus historias, sus amores y desamores, sus desencantos y sus rastras, han descubierto por los hilos que sólo Dios sabe mover, una llamada especial.

Cuántos en sus años de Seminario, en sus celdas de amor, en sus distintos noviciados, se han llevado la compañía de la estampa de aquellos Titulares de su Hermandad, a los que siguieron abandonando las redes de este mundo.

Hermandades, semillero de vocaciones, ¿Por qué no?

Los llamados por Dios en el corazón de ellas, tienen un espejo en el que mirarse, en el que decir alto y claro que los sacerdotes necesitamos de las Hermandades como ellas precisan de nosotros.

Nos lo demuestra todo el año Don José Álvarez Allende en San Bernardo, como en el ayer lo demostraba en la Redención Don Eugenio Hernández Bastos. Como luchaba en San Benito Don José Salgado, en la O Don Pedro Ramos y Don Antonio Domínguez Valverde en la collación de San Pablo o el recordado Don Antonio González Abato absolviendo a nazarenos bajo la frondosidad del parque.

Ellos han hecho historia, y la harán también otros muchos sacerdotes que continúan sirviendo y trabajando mano a mano con sus Hermandades.

Desde aquí sirva mi palabra para deciros, cofrades de Sevilla, que hacéis Evangelio real, dando a conocer a Cristo, que juráis defender su Nombre y el de nuestra Madre la Iglesia, nuestra única Casa Madre.

A vosotros que formáis a los hermanos y ofrecéis la Caridad al pobre, al enfermo, al hambriento y al desheredado. A vosotros que habéis cumplido su mandato de ir por Sevilla y por todo el mundo anunciando el mandamiento Nuevo, un sacerdote os dice: Cofrades, ¡Os necesitamos! ¡Aquí tenéis nuestras manos!

Brazos y manos abiertas como el padre del hijo pródigo siempre en el balcón esperando su regreso, mano, que aun pesándole la Cruz al hombro como el sacerdotal de la Divina Misericordia o el de las Penas de San Roque, se lanza libre si en el Valle del Camino al Gólgota, todavía puede levantar a un caído o secar las lágrimas de alguna de las Santas Mujeres.

Brazos abiertos en Vera Cruz, cobijado en el rezo de las Horas de las monjas del Convento de Santa Rosalía y en el constante Ejercicio de las Cinco Llagas con sabores Trinitarios y en el mejor lienzo que Gustavo Bacarísas pintara para su Expiración en el cercano Museo.

Sus brazos se funden en uno hermanando Castilla y Sevilla, en la placidez del Cristo de Burgos, como el de las Misericordias los extiende rozando los balcones de Mateos Gago, en un éxtasis de sevillanía.

Piden ser los primeros en poder entrar en el templo catedralicio cuando la Fundación de nuestra fe está presente en el Pan de vida y Calvario en la Madrugada eterna inundando de recogimiento la noche más larga, entre sueño y sueño de Esperanzas.

Junto a Él en Montserrat, como testigo de la Conversión de un ladrón, que precisó una sola frase para robar el cielo al Redentor. O cerca de la Santa Caridad, derramando la Salud a los acogidos con más de Tres Necesidades.

Girar quisiera unos metros su recorrido por la Alfalfa el Cristo de San Bernardo, para llevar otra vez bajo su paso a Pepe Portal o hundirse entre claveles y lirios cuando en el mercado viejo del Arenal, el Arco le venga chico, sobren los redobles del tambor, viendo cómo llora entre flores hasta el retablo cercano, porque el único Cristo que sabe de Puerta del Príncipe de la Maestranza le daba otra vez la alternativa a Juan Carlos Montes, bebiendo el Agua de su salvación.

Brazos, los del Cachorro, que tocan el cielo en un “muero porque no muero”, guardando su último aliento desde hace tres siglos para ir a Sevilla cada Viernes Santo, dejando a Triana en la espera con ansia de su vuelta, para que el viento que recorre el puente, de nuevo le agite el sudario.
 
¡Ay que pena más gitana
cuando se aleja del puente
el Cachorro de Triana!

Cuando se va por el puente
sobre las béticas aguas
y deja atrás a su barrio
de azulejo, arcilla y fragua.

Cuando se mece el sudario
cuando hay claveles que manan
por su divino costado
de Guadalquivires granas.

Cuando cruza al otro lado
y en las calles sevillanas
le va faltando el aliento
y su muerte se hace humana.

Cuando va dando un suspiro
y la luna le acompaña
en una eterna agonía
que va desgarrando el alma.

Cuando cambia su semblante
y se nubla su mirada
y ya no hay aire en su pecho
y ya no hay luz en su cara.

Cuando la Virgen del Carmen
en su capilla encerrada
se queda sola llorando
igual que llora Sant'ana.

¡Ay que pena más gitana
cuando se aleja del puente
el Cachorro de Triana! 

Las lágrimas de Cristo por la muerte del amigo, las de la Virgen y las Santas mujeres trocando el Patio de los naranjos en Calle de la Amargura con el Cristo de la Corona; las de Pedro tras negar al Rey de la Paz en el Carmen Doloroso, y las de la Magdalena al pie de la Cruz, son la expresión humanizada del sentimiento que toca lo divino y que ha santificado el llanto de la emoción que aquí nos brota cuando sale nuestra Cofradía.

Esto lo saben bien quienes más sufren, y también las Hermandades de Vísperas, que en la lejanía de la ciudad amurallada pusieron rostro divino al dolor cotidiano.

Como unos “desterrados hijos de Eva”, nos muestran ante los ojos, que no están lejos porque Cristo y su Madre a diario viajan con ellos cuando acompañan a Salud, Misericordia, Dulce Nombre, Clemencia, Divino Perdón, al Cautivo... Cuando la ponen rezando el Rosario del Dolor con que a Sevilla acudimos, gimiendo y llorando. Lo cuentan en Torreblanca, azucena que enjuga el dolor del Lirio prisionero, mientras otro con agua lava sus cobardías, ante el que no cabe división ni duda.

Allí en los barrios hacen verdadera Penitencia, revitalizando la fe, amando y luchando por sus parroquias, llamando a la caridad con su verdadero nombre, que es la justicia social, y que todos los días hacen entrada triunfal con más brillantez que nunca en la Campana de la solidaridad.

Porque la virtud de la caridad es la que nos hace hermanos comunes en una misma Cofradía si ella es la prioridad.

Una caridad efectiva no efectista, del que no espera en su Hermandad la medalla o el reconocimiento, brindando siempre la ayuda en el gesto y no en el nombre que tanto nos tienta.

Tareas pendientes de nuestras Hermandades en este siglo XXI recién comenzado que abarque todos los campos para que un nuevo banderín se borde con su único nombre: Polígono Sur

El año pasado un vacío dejó huérfana a la caridad mejor entendida
.
Rodeado de sus toreros y sus presos, sus inmigrantes y sus gitanos y de la gente más común, falta frente al paso el capataz que mandaba la mejor cuadrilla, los Costaleros para un Cristo vivo, que convocan a la Luz verdadera de la que se llama “mejor vida” en las fechas premonitorias del último Viernes Santo.

Con el paso racheado
va avanzando una cuadrilla.
Son los pobres de Sevilla
con llamador enlutado.
Un clavel se ha marchitado,
¡Ay capataz sin martillo!
En el paso sólo el brillo
que desprenden cuatro hachones;
Sevilla lleva crespones,
Por ti: Leonardo Castillo.

La Semana Santa son nueve días en los que la ciudad acepta perder el primer plano sin rechistar. La Sevilla acostumbrada a ser piropeada por sus rincones, su sombra y su compás, se convierte inevitablemente en actor secundario. Se transforma en escenario, en marco, en sustento y en cauce único para todo un río de sensaciones.

Cuando avanzan las jornadas penitenciales y el ritmo de la Pasión va creciendo, el sevillano se implica más porque en ella se siente identificado; piensa que alguna vez estuvo representado o fue protagonista del proceso más absurdo y sin sentido de la Historia: Cristo Dios, juzgado por tribunales humanos.

En los pasos de misterio, que impresionantes suben Argote de Molina o en quiebro dulce toman Placentines, las imágenes no adornan: tienen rostro y tienen nombre.

En el huerto de los olivos el Señor orante en Montesión expresa la impotencia del que tenía que beber el cáliz en su agonía. Mientras el sueño de la indiferencia de los discípulos, puso al Ungido, en una soledad angustiosa, Judas por el contrario vagaba por la calle Santiago bien despierto.

Prendido en la oscuridad de la noche en la Hermandad de los Panaderos, pensaría para sus adentros, en pesadillas de inquietud, que la Pasión se repetía en sus más duros momentos.

El desprecio y la burla de Herodes en la Amargura, recibe por respuesta el Silencio del Señor y un Pilatos atormentado, que destruyó su honradez por intereses humanos lo presenta en San Benito a Sevilla, señalándole: “Ecce Hispalis”.

Y los ojos del Cristo de la Presentación que mira con pena a la ciudad, añorando su viejo puente, dirige enturbiada su mirada reconociéndonos uno a uno en un diálogo memorable que nos restaura de la culpa.
A otros echa de menos, a los que reprochan nuestras Cofradías sin ofrecer nada a cambio, a los que dogmatizan, a los que saben tanto, a los que pontifican, para ellos resuena en los labios de Pilatos el eco de su palabra: ¿Y cuál es vuestra verdad?

Cada Semana Santa, y todas son distintas, va cautivando al que le busca



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Pregón Ignacio Jiménez Sánchez-Dalp 2006 (2º parte)




Qué inigualable sensación en Santa Genoveva, ver caminar al Cautivo y el Tiro de Línea justificado se crece, porque se cumplen cincuenta años que el barrio entero le dijo “Vamos contigo Cautivo, que juntos podemos hacer un mundo mejor”. Cerca del Barrio León, el Señor del Soberano Poder, dobla su cintura hacia delante en la Residencia de las Hermanas de Consolación y hasta el mismo Caifás sabe que la Señora de la Salud no vino hace unos meses a ser jardinera de un día porque Ella es la Reina y la Flor, capaz de nacer y morir con los que allí viven.
Cada Virgen de Sevilla se hace carne de nuestra carne y hueso de nuestros huesos y le rendimos pleitesía en besamanos permanente como a las que nos dieron la vida y tal vez ya estén ausentes.

Sagradas imágenes que el cofrade venera, proyectando en ellas el rostro de las que han sido la razón de nuestra existencia cofradiera, las que nos vistieron la túnica, prepararon el costal, nos llevaron a jurar el libro de reglas y por verlas de nuevo un instante y escuchar su voz, estaríamos dispuestos a dar la vida si preciso fuere.


La Madre de Loreto sobrevuela en San Isidoro tu alma y en San Martín es anhelo para un Buen Fin de tus días. De amor quedarás preso con la Reina de las Mercedes, indultando a pecadores que desean dar alcance a la Gloria azul purísima que en sus ojos irradia Consolación, Madre de la Iglesia.

Duelo de la Madre de Villaviciosa, en la muerte tronchada en San Gregorio, como Dolores se comparten en la mirada al cielo de Santa Cruz a San Vicente entre naranjos que las cortejan, o añadirle al Dolor el sufrimiento Mayor cuando el Traspaso rompe el alma que ni San Juan llega a saber consolar.


Con la Cabeza se anda el camino de Sevilla a Sierra Morena al son de campanilleros que van de ida y de vuelta; Rocío que derrama la Gracia de un nuevo Pentecostés y Desamparados hospitalaria sanando heridas de nuestra carne cuando enferma. Merced, ausente de su Colegiata, santuario de lágrimas, vestida de novia con saya de Reina Madre.


Encarnación que en la vieja Cava del ayer y en la Calzada del hoy reparte la dulzura de hermanita de los pobres, Presentación de sin par belleza para las noches oscuras del alma que Ella revive y despierta con el trono de su realeza, poniendo arca de flores, al sinfín de sus virtudes.


Y entre misterio y misterio, la Virgen del Rosario, repasando por la calle Feria, el dulce salmo sonoro de las cuentas toreras y aztecas de sus varales.


Pero será en la Huerta del Rey, renovando la historia de la Reconquista en un antiguo arrabal de moriscos, con tropas pasando la revista del Santísimo Sacramento con el Santo Rey, donde la Virgen del Refugio otorga el título de Mariana a todas nuestras advocaciones y a la ciudad que así lo confiesa.


Florece igual que una flor
la Rosa de San Bernardo
y el amor le pudo al cardo
le pudo al cardo el amor...
Grana y oro es el color
de tu manto en movimiento
que como veleta al viento
va meciéndose artillera,
Refugio, Virgen torera,
por la calle Campamento.

Los cofrades somos los altavoces de su Palabra en un mundo que silencia su nombre, que lo evita en la escuela, que lo deforma con el relativismo del que todo lo reduce a trivialidades y adocenamiento.



Dicen algunos de Ti, Jesús Nazareno de Triana, que con el peso en tus espaldas, buscas desde la calle Castilla, alguien que te deje hablar, que tus conceptos no valen, que este mundo moderno necesita algo más que promesas sobre un Reino de hermanos y de felicidad vivida después de tu Buena Muerte cuando sales de San Julián.
Vienes por Molviedro en Dolores apenado por quienes te despojan y expolian tratando de revestirse de Ti con sus demagogias, medias verdades, hipocresías y halagos. En La Exaltación, prometiste atraer a todos, incluso a aquellos que fueron recompensados con tu perdón, después de ser crucificado.

Si por Pureza, San Vicente y Luchana tres veces te caes y arrastras en los umbrales de posadas diarias que cierran las puertas a tu venida, el Cirineo y Sevilla las abren de par en par, anunciando contigo: “no tengáis miedo”, “yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo”.   Quédate con nosotros y siéntate Señor junto a los nuestros, como lo estás hace trescientos cincuenta años en las Penas de Triana, mirando extasiado al cielo con las manos entrelazadas, como meditas tan callado en la Humildad y Paciencia y en lágrimas de despedida en la Salud del viajero que nunca desamparas.


Dale vueltas en tu mente, a este mundo de guerras que parece romperse. Siéntate cerca del penitente, que por su cabeza en el silencio que lleva hasta Santa María de la Sede, tantos interrogantes, sufrimientos y dudas van y vuelven.


Siéntate, Señor, despreciado con espinas, burlas y cañas, con el Valle de tus ojos que son espejos para el alma. Siéntate, Maestro, una vez más en la barca, para que amaine el viento, la marea, la vorágine, el yugo y la espada de quienes quieren quitarte de en medio con credos que no fraguan.
Desde la Anunciación llega a San Esteban tu voz, que en el vacío del infinito, doliéndose contigo, el sevillano proclama:
De escarnio te coronaron
y te abrieron las heridas.
Con burlas y reverencias
mofándose te decían: “Si es verdad que tú eres


Dios,seguro te salvarías”.
Y lloró el Hijo del hombre,
Dios mismo sintió fatiga;
lloraron en las alturas
los ángeles de la brisa
y de un cielo de tinieblas
se cubrió la Tierra misma.



Y lloraba la saeta

entre balcones y esquinas; 

lloraron de los naranjos

azahares de agonía.

Lloró con el costalero

el costal de emoción viva

por llorar hasta lloraba
la cera en los guardabrisas.  

Lloraba cirios de fe toda la candelería 
y en pleamares de llanto 
el río lloró en su orilla 
y el aire lloró en silencio 
en esa noche tan íntima. 



Todo era llanto en tu Valle 

llanto en la torre y la ojiva

porque al sentir en tus sienes 
el fuego de las espinas, 
cinco gotas de rocío 
rodaron por tus mejillas 
y al verte llorar, Señor, 
¡lloraba de amor Sevilla!


En la Semana Santa que discurre todos los días del año en las casas de hermandad un grupo de jóvenes siempre salen al encuentro, como si San Juan el discípulo amado, a la vida volviese. He convivido con ellos, vibran con sus Titulares demostrando que la verdadera devoción va más allá de besar crucifijos, hacer profundas inclinaciones o suspirar con oraciones bisbiseadas en voz baja. 

Reclamo su voz y su presencia porque fui de ellos, y con ellos descubrí la grandeza y entrega del joven en su Hermandad, como en tiempos de universitario en la antigua fábrica de tabacos, cuando acudía cada mediodía a recibir su lección magistral de vida.

¿Qué muerte es la tuya que tanta vida engendra expuesta en cátedra arbórea de libre pensamiento? ¿Cómo no recapacitar el camino, cuando la sombra de tus brazos dejas clavada en nosotros apostando por la juventud de la que tantos desconfían?

Por eso te levantan a pulso y te llevan despacio porque duermes y sueñas con un mañana cercano de Esperanza. Cuando despiertes Cristo mío, y me presente al examen en la intimidad de tu noche en la Universidad, dejaré a tus pies mi oración joven para que antes que el reloj marque la hora de finalizar la Carrera de mi vida, levantes tu cara regalándome el aprobado del corazón.

Poquito a poco valientes,
que va sereno, dormido;
no quiero que te despierten
por el Arco del Postigo
¡Cristo de la Buena Muerte! 

Dijo el Maestro, que este amor tiene su precio y que no es posible servirle y amarlo sin cargar con su Cruz.



Así lo han visto los Hermanos de San Juan de Dios que han confeccionado con la nobleza de la plata de su entrega, de la misma blancura de las sienes que peinan los acogidos en el cercano hospital a la Iglesia de la Misericordia, el mejor altar para que Jesús de Pasión no añore el monumento argéntico de su capilla en el Salvador.
En San Nicolás lleva las dolencias del maltrecho en la Salud y el camino agotado lo serena Candelaria, entre almenas del Alcázar, conquistando al que la mira en el jardín del sevillano pintor, que la transfiguró en Inmaculada, aquella que defendía la Hermandad del Silencio desde 1615 a capa y espada.

Cómo nos gusta escuchar, los silencios de Sevilla.

En la augusta madrugada, se mueven los históricos cimientos hispalenses entre la algarabía de los barrios y el enmudecer de la vieja ciudad. Cuando una saeta rompa la noche a la Cruz de Guía por San Antonio Abad pidiendo silencio al pueblo cristiano, el chisporroteo de los cirios, el chirriar del cerrojo de una puerta y el crujir de la madera, avisan de su llegada.

Divino Nazareno de Silencio, que haces callar a Sevilla porque no hablas ni siquiera en voz baja; porque ni gritas ni te quejas ni dices lo que sientes abrazado a esa cruz tan alta. Riqueza de Silencio de dos ángeles que alumbran tu carey y tu cara, que saben lo que nadie escucha, pero iluminan discretos la ausencia de tus palabras. Deja por una noche, Señor, que las repita el azahar, que a tu Madre de la Concepción quieren entonar con Miguel del Cid, otro 8 de diciembre de júbilo celestial: “Todo el Mundo en General, diga que sois concebida, sin pecado original”. ¡Cómo nos gusta escuchar los silencios de Sevilla!

Tenía que ser esta bendita ciudad, para que la aspiración del salmista quedara manifiesta y se hiciera real, en la figura del Divino caminante en San Lorenzo. “Oh Dios, restáuranos, que brille tu rostro y nos salve”. El rostro del creyente mira su semblante para sentirlo uno de los suyos. Tiene Getsemaní en su camarín; restos de sudor y sangre que ahora en serpiente tentadora enroscan su cabeza. Todo lo ha asumido. No se queda quieto, siempre avanza decidido hacia el Calvario para cumplir lo escrito y anunciado por los profetas, y los sevillanos lo queremos lo que no está en los escritos.


La peana del Señor del Gran Poder se ha transformado con el tiempo en un muro de las lamentaciones. Hasta Él llegan cada viernes a poner la cabeza en su Cruz, besar su talón y dejar papeles entre las grietas y rendijas de su basamento con nombres, enfermos, intenciones, sueños incumplidos y amores imposibles. Como si al Señor le hiciera falta el papel cuando nuestros nombres los lleva escritos en la palma de su mano.


Sólo Él consuela, lo saben sus vecinos, sus devotos, el cura ciego que los confiesa, la túnica gastada de Fray Diego de Cádiz; lo saben sus potencias, y hasta la túnica persa que sus fieles tocan esperando el prodigio.


No se ha ido de este mundo para desentenderse de nuestras penas, no se ha escondido ni tapado sus ojos, Él, el Gran Poder, entre nosotros se queda.

  
El Gran Poder cuando pasa 
no pasa, siempre se queda, 
porque está en los corazones 
de todo aquel que le reza, 
de todo aquel que le mira, 
de esas mujeres con velas 
que lo siguen cada año 
para cumplir su promesa. 
  
Y Él está con los que sufren, 
con los que tienen tristeza, 
con los que están agobiados 
y también con los que enferman, 
y en todo el que le acompaña 
con cirio y trabajadera. 
  
Que el Gran Poder nunca pasa 
no pasa, siempre se queda, 
y hay en sus ojos dulzura, 
y hay en su rostro pureza 
y hay un amor infinito 
de los pies a su cabeza 
¡y hay una expresión divina 
que borra el mal y lo aleja! 
  
Pasan la vida y los hombres 
pero el Gran Poder se queda 
igual que se queda el aire 
que acaricia las veletas. 
    
Pasan las horas, los días, 
los meses, las primaveras, 
y Él seguirá en San Lorenzo 
con túnica nazarena, 
con espinas en las sienes, 
con la boca ya reseca, 
con sus manos doloridas 
y con su frente sangrienta, 
llevando sobre su Cruz 
nuestros pecados a cuestas. 
  
Aunque el mundo esté en su mano 
siempre el Gran Poder se queda, 
y siendo Dios fue humillado 
a pesar de su grandeza, 
pero Él con su pisada 
siempre avanza aunque no pueda. 
  
Gran Poder del universo, 
del sol y de las tormentas, 
de lo bueno y de lo malo, 
del día y de las tinieblas, 
de la vida y de la muerte, 
de los cielos y la Tierra. 
  
Gran Poder por la Gavidia, 
Gran Poder que nos esperas, 
Gran Poder en la mañana 
y bajo la luna llena; 
Gran Poder que nos escuchas, 
que nos perdona y consuela; 
Gran Poder de mis anhelos, 
obra completa y perfecta, 
Gran Poder, Verdad del mundo, 
Gran Poder de nuestra Iglesia, 
Gran Poder, Luz y Camino 
¡Gran Poder de Juan de Mesa! 
  
Pasarán siglos enteros, 
y siempre aquí su presencia 
entre el costal y el esparto, 
y cera color tiniebla 
entre un silencio que rompe 
el llamador cuando suena. 
  
Ven conmigo, sevillano, 
que hoy otra vez es Cuaresma; 
Dios me ha dicho que le siga 
cumpliendo una penitencia. 
  
Toma el ruán y el rosario 
persigue esa tez morena, 
tal como lo vio tu madre, 
como le rezó tu abuela. 
  
Todo se pare ante Él, 
que la noche se detenga 
y rezando le aliviemos 
la carga de su madera. 
  
¡Venid conmigo, venid! 
que su zancada nos lleva 
a un paraíso y a un Reino 
donde no existen fronteras. 
  
Que el Gran Poder nunca pasa 
su palabra es verdadera 
que en su rostro hay un mensaje 
de ternura y fortaleza. 
  
Para hacerse sevillano 
bajó Dios hasta esta Tierra, 
y por eso permanece 
donde los vencejos vuelan 
donde hasta el aire es distinto 
y la Giralda se eleva. 
  
Que el Gran Poder nunca pasa 
nunca pasará, navega 
andando sobre las aguas 
y aquí en Sevilla se queda. 

Siempre la siento cerca, como ahora, desde este ambón, su mano aniñada toca mi espalda como el que es tu pareja de cirio en el tramo y que tal vez sin conocerte, te dice: “Hermano: buena Estación de Penitencia”.  


Hace unos instantes en su Capilla, la sombra de su palio se hacía ánimo ferviente sobre el hombro del pregonero. Ella, que gozosa está celebrando el Año Jubilar Guadalupano, me miraba agradeciendo la visita que le hacía días antes de sus cultos para llevarle mis rosas. Virgen Niña de Guadalupe, Extremeña y Mexicana, Reina sevillana de la Hispanidad, que desde tan cerca miras a un río que fue puerto y puerta de América, te ensalzo...

  
Emperatriz Hispana 
del Lunes Santo, 
quisiera ser Juan Diego, 
llevar tu manto. 
  
Y al ver que me sonríes, 
tan orgullosa, 
dejo ante Ti mi ofrenda, 
te doy mis rosas. 
  
Te doy mis rosas, Madre, 
¡quién lo soñara! 
que a mí me dio las flores 
Miguel Mañara. 
  
Se quedan en tu palio, 
yo nunca supe, 
que van contigo, Niña 
de Guadalupe. 
  
Mi Virgencita Indiana, 
Flor de amaranto, 
Emperatriz Hispana 
del Lunes Santo. 

Si la Virgen de las Aguas hace de su palio Museo itinerante de belleza y sus varales se cimbrean como espigas de trigo, la Señora de los Dolores por el Cerro es mosaico de azucena que trasmina la primavera.



Con blasones de realeza, Montserrat y Carretería, llevan las dos dalias del Viernes Santo que cuidaba Montpensier en su parque de San Telmo. Y la Virgen de las Angustias, con sus manos, las más elevadas, trasunta con su pena el leño del Divino Gitano de la Salud en un caudal y torrente de Gracia.

El primer gitano beatificado, Ceferino Jiménez Maya, “El Pelé”, puso el amor a Cristo y a la Virgen en las cumbres más altas de su perfección. Sumamente honrado, jamás en los tratos engañó a nadie y a todos socorría con sus limosnas.   En la contemplación en el cielo de la belleza de la Virgen de las Angustias, le dirá mirándola a la cara: ¡Tú sí que tienes casta Madre! ¡Tú sí que eres el orgullo de nuestra raza gitana! 
  
Para mecer bien tu palio 
Angustias quisiera darte 
al son de unas bambalinas 
todo el misterio del arte,
de cera, mimbre y claveles, 
bien repujados varales 
y unas jarras canasteras 
con resonancias ducales. 
  
Para mecer bien tu palio 
entre la tierra y el aire, 
una cuadrilla gitana 
con el Pelé que lo mande, 
harían de esta Sevilla 
una Cava de gigantes, 
con el martillo en la fragua 
y una voz de cante grande, 
que la eleva un capataz 
que está puesto en los altares. 
Que para mecer tu palio 
hay que saber embrujarte, 
con tu cuadrilla torera 
de costaleros juncales, 
que bailen bajo tu paso 
que por seguiriya igualen 
y en el bronce de sus manos, 
te recen igual que canten. 
  
Que para llevar tu palio, 
Angustias, para llevarte, 
hay que quebrar las cinturas, 
tener corazón y sangre 
y rachear muy despacio 
con chicotás celestiales 
  
¡Qué voz la del capataz! 
que llega al alma y la parte 
que llega al alma y la funde 
en el crisol de la sangre. 
  
De San Román a las Dueñas 
de las Dueñas hasta el Valle 
la procesión más gitana 
que pudiera imaginarse, 
nos demuestra que la cera 
no es lo único que arde 
porque el corazón se quema 
cuando quiere arrodillarse. 



¡Al cielo con las Angustias! 

¡al cielo con los varales¡ 

¡al cielo con la Gitana, 

que ninguno la compare! 

  

  

Porque la luz ha escogido 
un rostro para mirarse 
y entre inciensos y promesas, 
entre querubines y ángeles, 
todo está a punto, Señora, 
para contigo quedarse 
en la mañana del Viernes 
desde las Dueñas al Valle, 
que al mecerse bien tu palio 
¡Se vuelve gitano el aire! 
  
El pregonero que vino en una barcaza, quiere cruzar con su palabra el río grande y americanista, pisando descalzo como Moisés, la tierra sagrada y prometida de Triana, arrabal y guarda de Sevilla. 


Repleta de hornos, renueva el patronazgo alfarero de las Santas Justa y Rufina que modelaron azulejos repartidos por cada esquina de Sevilla.

Muy pronto el Altozano, se hará Catedral al aire libre como testigo de la Coronación de la imagen de la primera Hermandad que cruzando un puente de barcas, vino a Sevilla con la bella Virgen de la O. La Expectación dolorosa, que regenta la parroquia de su nombre, hará que con su Coronación queden coronadas todas las Esperanzas que lloran en Sevilla.

Triana ha coronado simbólicamente a todas las Vírgenes que en ella tienen casa. Coronaron con el fervor de San Gonzalo a la que en el Tardón es Salud.

A quien sabe que siendo la mas bella y señorial de las Cigarreras, la Virgen de la Victoria, precisó que fuera el mismo Rey de España, quien la acompañara el Jueves Santo.

Coronar del oro que en el fundidor se forja, las sienes de Patrocinio, Medianera universal de la Gracia y Señorita Inmaculada, que lleva a sus pies en marfil y plata, esa Blanca Paloma del Rocío que es orgullo y gloria de su barrio de Triana.

Todas las Vírgenes de esta orilla del río, desde donde recibe su nombre hasta la “Nueva Triana”, están coronadas, como en oros solemnes se coronaron dos hermosas perlas, la Esperanza y la Estrella en el marco catedralicio.  
Para rezar en Triana 
tengo mi amor repartido 
entre la Señá Santa Ana, 
Victoria, O, Patrocinio, 
Salud y en la Madrugada 
mi alma llega al delirio 
cuando diviso su cara 
¡Tres veces su Hijo caído! 
Cruza el puente y la campana 
regresa por San Jacinto 
y cuando llega a la Cava 
la Cava es el cielo mismo. 
  
Desde Sevilla a Triana 
hay resplandores de cirios 
y otra expresión en su cara 
en el espejo del río 
y otra luz en la alborada 
cuando viene en su navío 
y otra distinta fragancia 
al desandar el camino. 
  
Entre espumas deja el ancla 
¡Qué clamor entre el gentío! 
que arriba la capitana 
y el aire es plegaria y grito 
y al ver de frente a su hermana 
sigue mi amor repartido. 
  
Una, alfarera y gitana, 
la otra vela en el camino. 
Una es brisa de bonanza 
la otra Luz del infinito. 
Y dos Madres coronadas 
en este barrio escogido 
una Estrella, una Esperanza 
y siempre igual el destino, 
la valentía y la gracia, 
el fulgor y el señorío, 
el verde mar esmeralda, 
y el azul más cristalino. 
  
Se entrelazan las miradas 
pero es el mismo latido. 
Que se queden cara a cara, 
la emoción se haga suspiro.
Marinera de mi alma, 
¡quédate aquí en San Jacinto! 
con tu vecina y hermana; 
que está mi amor repartido 
bajo el cielo de Triana. 

Cada una de nuestras hermandades, ha sublimado la grandeza de sus titulares de palio o las que protagonizan la compañía de Cristo en cada uno de sus misterios.



En stabat mater permanente, Concepción, Remedios, Guía, Antigua y Mayor Dolor, la acompañan como la Giralda en la vertical que les guía hacia el cielo.

Los hermanos Servitas pusieron al sexto dolor toda la unción con que la Piedad acoge a la Providencia desclavada de la Cruz, como lo acaricia Descendido en la Sagrada Mortaja con dobles de muñidor que lo anuncian.

Así llega la Soledad del Convento de la antigua calle Catalanes, consolando los ancianos por Castelar, y Soledad del negro hábito de los hijos de María Dolorosa, que en la plaza de San Marcos pasea sus siete Dolores buscando el sepulcro del Santo Sábado.

Santa Ángela esposada con el divino madero llegó a asumir tanto el amor al glorioso árbol desnudo del Nazareno, que deseaba hondamente clavarse en él. Ella llegó a decir en una de sus cartas:

"Nuestro país es la cruz, en la cruz voluntariamente nos hemos establecido y fuera de la cruz somos forasteras”. Las Hermanas de la Cruz están dentro del espíritu de nuestras Hermandades y Cofradías. Y viceversa.


Todos los días hacen su estación de penitencia por Sevilla, caminando con el paso acelerado porque la caridad de Cristo les mete prisa. Al llegar la Cuaresma, por no sé que extraña simbiosis, Hermanas de la Cruz y Hermandades se identifican más en una preanunciación de sacrificio y gloria.


Cada una de sus casas tiene una puerta que siempre se abre, ya sea al Rey o al mendigo, al hambriento o al acomodado, al rico o al empobrecido. Su hábito tiene dimensiones sobrenaturales, lo han vestido igualando a todos en la dignidad al que lo acepta, ya sea una humilde zapatera o una Infanta de España.

Pero de hábito la que más sabe es aquélla con la que el Sábado de Pasión, las Hermanas de la Cruz, tienen una cita en San Juan de la Palma.

Ataviada la Señora en su palio con las mejores galas, dos Hermanas de la Cruz suben a ese trozo de cielo que es su peana, para prender en su saya, el rosario o corona de Madre María de la Purísima, para que junto al primer dolor coronado de Sevilla, repose la oración de una de sus más milagrosas hijas, achicándole la pena a la Amargura. 
    
Va rezando la Amargura 
hacia San Juan de la Palma 
y la tristeza del alma 
se llena ya de dulzura. 
Todo se torna en ternura 
y lo oscuro se hace luz, 
las Hermanas de la Cruz 
van saliendo del convento 
y es el palio un firmamento 
y la calle un contraluz. 
  



La Virgen lleva el rosario 

que Purísima tuviera, 

un rosario de madera 

de hábito y uso diario 

como humilde escapulario 

que cuelga de su cintura, 

y al irse de la clausura 
mientras se alejan los tramos, 
otro Domingo de Ramos 
va rezando la Amargura. 
  
El Papa Benedicto XVI en su primera Encíclica nos ha invitado a contemplar y definir la verdad del Amor, Así lo entiende el Crucificado del Salvador, Amor que devora y consume con el coraje de darlo todo para que Él sea conocido y amado. 


Ni la Virgen del Valle, ni la del Socorro, pudieron vislumbrar, que por avatares del destino fuera la antigua Casa Profesa de la Compañía de Jesús, el mejor lugar para colmar su morada compartida de un derroche de inocencia blanca un Domingo de Ramos.

Viejos códices de llanto se guardan en La Anunciación; llantos que sonorizan, en el paño de la Verónica, en el perfil vacilante del encuentro amargo, y en el prisma astral de dolor que son los ojos de la Virgen del Valle.

Es allí, donde los lienzos de Roelas, quisieron plasmar el Amor y la aflicción, donde un pelícano se parte el corazón para que beban sus hijos, donde la Virgen de los Reyes quiere ser mecida en el mejor techo de palio el primer día de nuestra Semana, donde Zaqueo sin pensarlo, tiene el mejor lugar para ser cronista de tantos y tantos sentimientos.

Allí, dos Madres lloran con el bendito dolor de su Valle de penas y el Socorro Perpetuo de su desconsuelo... Allí vio el pregonero a sus dos Vírgenes bajo la misma cúpula. Al llegar el Viernes de Dolores cuando baja en su traslado, la Señora cruza la mirada con la Virgen del Socorro.


Si al decir de Rodríguez Buzón, “como llora la Virgen del Valle solo lloran las madres de la tierra”, con Ella en la calle Laraña, también llora la orquídea delicada del Domingo de Ramos que el Jueves Santo muda en rosa de Pasión en su mano, entregando su corazón por Amor, el Cristo del Amor que no defrauda.


Amor de primavera florecida 
sobre un leño de Amor crucificado, 
Amor para olvidarnos del pecado, 
Amor que deja el alma renacida. 
  
En Ti nace y acaba nuestra vida, 
Pelícano de Amor glorificado, 
que pasas de lo humano a lo sagrado 
pues vive en Ti el Amor y en Ti se anida. 
  
Amor bajo tu sombra en los costales, 
Amor de viña y panes candeales 
que convierte en lagar tu canastilla. 
  
Amor en lo más alto y más profundo 
ejemplo para el hombre y para el mundo. 
¡Amor! ¡Amor de Dios y de Sevilla! 

La víspera del Domingo de Ramos, en la oscuridad de la parroquia de la Magdalena ya brilla el Misterio de mi Hermandad de la Quinta Angustia. El contraluz sobrecogedor del Cristo del Descendimiento impone silencio a los fieles que rodean el altar situado junto al respiradero del paso.


Desde su templete, el Dulce Nombre de Jesús contempla el ir y venir de los preparativos de la solemne Misa de Ramos de medianoche, mientras la sala capitular es un inmemorial recuerdo en la mente del sacerdote celebrante.



Recuerdos, cuando esa puerta pequeña de la Hermandad que ahora da paso a tantos hermanos que acuden, se abrieron para el por vez primera, cuando nadie lo conocía, para contemplar después cómo el irreal muro de la tradición, de las formas y la estética se derrumban ante el peso de una devoción común y compartida.

A la memoria vienen rápidamente rostros de hermanos. El capiller, los priostes, las camareras, el vestidor... Muchos de ellos esperan entre la multitud que llena la parroquia para recibir de sus manos el Cuerpo de Cristo, pero otros ya no están presentes porque el censo de habitantes de nuestra ciudad y las nóminas de algunas Hermandades tienen este año, números de menos en sus cuadrantes.

Hace poco marcharon al cielo, con la nobleza que los buenos cofrades saben llevar a las alturas, dos cristianos doblemente hermanos Luis Rodríguez-Caso y su hermano Vicente.

También doblemente conocían el amor de las manos de la Virgen de la Quinta Angustia porque fueron talladas por su padre tomando de modelo las de su propia madre.

Junto a la Virgen su escultor, el padre que le dio vida a la Señora que con un pañuelo en las manos secaba las dos lágrimas de sus dos únicos hijos que en poco más de un año, habían nacido en los ojos de la Virgen.
En La Quinta Angustia honramos a los que se fueron cogiendo con fuerza las cruces arbóreas que cada Jueves Santo nos recuerdan, que no hay amor sin Cruz y que solo Dios basta, que por algo nacimos en el Carmen, igual que Santa Teresa.

Esa fuerza será la que nos ayude a subir los peldaños del patíbulo de la Cruz con Nicodemo y Arimatea para descender a Cristo desde su arca de bronce, al más puro corazón de la Semana Santa de Sevilla.

Ya suenan las doce y es Domingo de Ramos. Ya en San Lorenzo el Gran Poder tiende a todos sus santas manos atadas, y ahora en la Magdalena el incienso y los sones de Amarguras inundan las naves del Convento de San Pablo. La procesión de entrada de la Misa de Ramos comienza y este sacerdote nazareno se encamina hasta el altar dirigiendo una suplica a María, su Virgen, en Su Quinta Angustia

“Salve, Fuente de Amor y Consuelo.
Salve, Esperanza del caído,  
Rostro elevado al Cielo, 
lagrimas ocultas para mostrarte mejor, 
como la celestial Sevilla donde Tu habitas. 
Que el amor de tus lágrimas 
nos abran para siempre 
las puertas de la celestial Sión. 
Yo a Tu Hijo me consagro por entero. 



Que mi vida sea como el pañuelo 

y la sábana que tú sostienes, 

consuelo y acogimiento de mis hermanos 

que son el Descendimiento de Cristo 

que cada día llega hasta mis manos. 

No me olvides Madre mía, 

mujer fuerte de Israel, 
mi Quinta Angustia de María, 
nuestra Quinta Angustia de Sevilla”.


La ciudad aparece en los albores de diciembre, pintada de tintes celestes de fervor mariano. Ante la Purísima que presidía el altar Mayor de la Catedral, un grupo de diez niños ataviados a la usanza dieciochesca nos disponíamos a ejecutar la tradicional danza ante la Virgen. 


Yo formaba parte de aquel grupo de seises que en la aritmética mágica de Sevilla son diez y ya entonces evadía mi mente buscando el rostro de aquella Inmaculada a la que dirigíamos nuestro canto.

No tenía lejos mi amor. Sobre la Puerta de la Concepción, en el cuadro monumental de Grosso, tantas veces cantado en esta tribuna, la descubrí a Ella.


Cuántas veces soñando, con aquel hermano de la Cofradía de los Primitivos Nazarenos que en tan soberbio tapiz, parece un nazareno elevado a los altares en la Gloria de Bernini sevillana, como un santo canonizado con túnica, capirote y la bandera de voto concepcionista.

Quién sabe si fue un olvido del pintor tan insigne el no reflejar en su obra, un “armao” que transformara la espada inmaculista en el Senatus del Capitán de la Centuria. Ahora que de nuevo tomo mi barca para marcharme, sigo soñando con encontrarme un día tan cerca de Ella como están los seises del cuadro. Mis ojos son y serán siempre para Ella, mi invisible pareja en aquella danza.

Lo nuestro fue un flechazo de belleza, amor y respeto. Clavó hace treinta años su mirada en mi alma y desde entonces no me he resistido nunca a amarla. He crecido en ese amor y cada día, cada nuevo día que cruzo el Arco, parece que fuese el primero.

Un verso de amor me trajo hasta su puerta, una noche, celosamente guardada por esfinges de azucenas en otoño. Incliné mi frente ante sus ojos, esos que cambiaron el rumbo y la melodía de esta ciudad secular y el alma a los que ante Ella se postran. Y ahora por ser su pregonero he podido contemplarla de cerca y llevarla en mis brazos.

Le susurré al oído como un enamorado las coplas de mi niñez. Como alegre crótalo acompasaba mi canto, y sin ser el seise que bailó para Ella el 31 de mayo de su Coronación porque no conocía su cara, en ese instante, se hizo realidad aquel sueño que en su rostro pegado al mío me enamoró de Ella.

Qué sería, sí, qué sería 
si Sevilla no tuviera 
tu perfil de Niña Madre 
ni tu sonrisa hecha pena, 
sin la dulzura infinita 
de la luz de tu inocencia, 
sin tus ojos, sin tus labios, 
sin tu extremada belleza, 
sin el verde de tu manto, 
sin tu atributo de Reina 
sin los primores bordados 
que hizo Rodríguez Ojeda, 
sin que en tu pecho brillaran 
las esmeraldas toreras, 
sin que lloraras detrás, 
del que tiene una Sentencia, 
sin que pueda contemplarte 
cuando el sol ya te refleja 
sin que te entone una voz 
una imprevista saeta, 
sin el balcón adornado 
que año tras año te sueña, 
sin tu resplandor cautivo 
por Resolana y por Feria, 
sin pétalos que te cubran 
cuando por Parras regresas 
sin que atravieses el arco 
sin que cruzaras la verja 
sin que te roce la brisa 
que baja por las almenas, 
sin los ojos que te piden 
sin la niña que te reza 
sin la mujer que da gracias 
sin el hombre que te ruega, 
sin que el capataz te diga: 
¡Vamos al cielo con Ella!. 
Pero vives tan presente 
que Sevilla siempre espera 
y sueña con poder verte 
otra madrugada eterna. 
  
¡Ay! qué suerte Madre mía, 
acompañarte tan cerca, 
con vara basilical 
y con rosario de cuentas, 
ir delante de tu paso 
y entre las dos maniguetas, 
notar que me están llamando, 
tus bambalinas de seda; 
sentir que Tú me acompañas 
como aquel niño -¿recuerdas?- 
que aprendió a rezar contigo 
y en Ti encontró la respuesta 
para seguir el camino 
de Jesucristo y Su Iglesia.


Mas mi sueño fue ser seise, 

que bailara en tu presencia; 

que el 31 de mayo 

sonaran mis castañuelas. 

Ser un seise que a tus plantas 

exaltara tu belleza 

y al verte ya coronada, 
proclamara tu grandeza. 
  Y aquí me tienes hoy, Madre, 
he cumplido mi promesa 
que un sacerdote del pueblo 
Tú me pediste que fuera. 
  
Y aunque mi nombre florece 
en tu jarra de azucenas, 
sueño que al llegar el día, 
en el que el alma se entrega, 
seré seise que te baile,  

en Tu gloria ¡Macarena!



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